El helecho y el bambú

Un humilde carpintero, Kishiro, vivía feliz con su trabajo y su familia. Tenía una mujer y dos hijos y las cosas no le iban nada mal. Pero el negocio entró en una mala racha y el hombre comenzó a ganar mucho menos dinero.

Empezaron los problemas económicos y luego éstos se trasladaron a la familia. Hasta el punto, que Kishiro entró en una depresión. No era capaz de ver la salida. Lo intentó todo, cambió la forma de su negocio, pero no había manera… las cosas seguían sin funcionar.

Desesperado, Kishiro atravesó el bosque en busca de ayuda, la de un anciano sabio que vivía en una humilde casa de madera. Allí, el anciano escuchó muy atento las lamentaciones y problemas de Kishiro, con un té caliente entre las manos. Cuando Kishiro terminó de hablar, el sabio se levantó y le pidió que le siguiera a la parte trasera de la casa.

La fábula del helecho y el bambú

El anciano maestro le mostró a Kishiro dos plantas que él mismo había plantado en medio de una explanada: un helecho y un bambú. Entonces, le contó su historia:

-Observa estas plantas. El bambú ahora te parecerá muy alto y robusto. Pero hace años llegué a pensar que nunca vería la luz. Verás, yo enterré unas semillas de helecho y bambú al mismo tiempo. Me gustan las dos plantas y quería tenerlas en mi jardín.

El helecho en seguida se dejó ver, con sus preciosas y brillantes hojas verdes. Pero el bambú se negaba a asomar ni un poquito. Pasó un año y el helecho seguía creciendo y extendiéndose, mientras que el bambú seguía sin nacer. Y así estuve esperando, regándolo igual, otro año más, y otro…

Y a los cinco años al fin apareció el bambú. Entonces comenzó a crecer y a crecer con rapidez. De pronto alcanzó los 10 metros, luego 20… ¡y míralo ahora! ¡Es altísimo! Pero… ¿sabes por qué tardó el bambú tanto en salir al exterior?

Kishiro pensó un rato pero no pudo dar con la respuesta.

– La verdad es que no se me ocurre nada…

– Porque el bambú estuvo cinco años dedicándose a fortalecer su raíz. Para poder crecer luego tanto, necesitaba tener una raíz grande y fuerte. Por eso tardó tanto en crecer.

La enseñanza que la fábula del helecho y el bambú quería transmitir

El anciano contempló el rostro asombrado de Kishiro. Se dio cuenta de que al fin comenzaba a entender el mensaje, y continuó con su enseñanza, regalándole todas estas reflexiones:

– Tanto el helecho como el bambú tienen un cometido diferente, y ambos son necesarios en el bosque.

– Nunca te arrepientas de nada en tu vida, porque los días buenos te dan felicidad, pero los malos, te dan experiencia.

– La felicidad te mantiene dulce, los intentos fallidos te fortalecen, las desgracias te hacen más humano, las caídas te mantienen humilde y el éxito te ofrecerá brillo.

Recuerda, Kishiro: si no consigues aun lo que buscas, no desesperes. Tal vez estés echando raíces.

EL MARCIANITO MENTIROSO

Eva María Rodríguez 

Había una vez un marcianito llamado Baquelín que jugaba alegremente en el espacio, saltando de asteroide en asteroide. Era muy divertido. En esa galaxia había muchos. Era un campo de asteroides al que los pequeños marcianos iban a jugar, como si fuera un parque. Una nave sacaba a los pequeños marcianitos del planeta todas las tardes y los llevaba allí para que se divirtieran.
Pero había que tener cuidado, porque si no se saltaba con cuidado el asteroide se podía mover. Y si el asteroide se movía se podía chocar con otro. Y quién sabe qué pasaría entonces.
Baquelín sabía que tenía que saltar con cuidado. Pero a él le daba igual. Saltaba y saltaba y no se fijaba. Y como nunca pasaba nada, Baquelín no se tomaba en serio las advertencias de los demás marcianitos.
Un día Baquelín estaba saltando con mucha fuerza, como a él le gustaba. Pero con tan mala suerte que cayó sobre un asteroide más blandito de lo habitual y lo movió. Al moverse le dio a otro asteroide. Y con el impulso le dio a otro, y a otro, y a otro más. Y empezó un baile de asteroides muy peligroso.
Todos los marcianitos tuvieron que volver a su planeta, incluido Baquelín.
-Vamos, marcianitos, que aquí corren peligro -les llamó el conductor de la nave-. Hay que volver a casa.
Cuando todos estuvieron de vuelta, el jefe de los marcianos fue a ver a los niños y les preguntó qué había pasado. Pero ninguno sabía nada. Y Baquelín, que era el único que sabía lo que había pasado, no abrió la boca.
-Debemos saber qué ha pasado para poder buscar una solución -insistió el jefe de los marciano.
Pero Baquelín siguió sin decir ni pío.
Esa misma noche todos los marcianitos tuvieron que abandonar el planeta. Un asteroide algo más blandito de lo habitual que se hacía grande por momento se dirigía al planeta. Ninguna de las medidas de defensa habituales funcionaba, porque ese asteroide era diferente de los demás.
Si Baquelín hubiera dicho lo que pasó los mayores podrían haber hecho algo para arreglarlo. Pero cuando se dieron cuenta ya era demasiado tarde. Nadie castigó a Baquelín, porque nadie supo nunca lo que había hecho. En su lugar, todos fueron castigados a abandonar su planeta y a vivir en naves espaciales durante muchos años, hasta que encontraban un lugar donde vivir.

LAS PLUMAS CURADORAS

Eva María Rodríguez

En Villatriste ningún adulto reía ni sonreía. Cuando los habitantes de Villatriste salían a la calle se sentaban en un banco o en cualquier parte, o caminaban cabizbajos de acá para allá.

Hasta lo niños empezaban a contagiarse de tanta tristeza y apatía.

-¡A, qué pena más grande! A esto hay que ponerle remedio -dijo el alcalde

Como nadie sabía que hacer, el alcalde contrató los servicios de un famoso curandero, famoso por curarlo todo.

Cuando el curandero llegó, lo vio claro.

-El remedio a la tristeza de está en las plumas de las palomas -sentenció el curandero-. Todo aquel que consiga una pluma de paloma quedará curara. Pero no vale una pluma caída: hay que quitársela a la paloma sin hacerle ningún daño.

-Y con eso ¿qué conseguiremos? -preguntó el alcalde-.

-Alegría, señor alcalde, alegría -respondió el curandero.

-Pero ¿qué alegría puede darle al cuerpo una pluma de paloma? -insistió el alcalde.

-Esa respuesta la tendrá que encontrar cada uno -dijo el curandero-. Llámenme para que les pase la factura cuando hayan conseguido su objetivo. Espero su llamada mañana.

Con bastante incredulidad, el alcalde comunicó a los ciudadanos lo que había dicho el curandero.

Cuando la noticia se extendió la gente empezó a preguntarse qué misterio guardarían las plumas de las palomas.

-Habrá que ir a buscar palomas -decía la gente.

Y al final del día, todo el mundo estaba feliz y contento. Nadia había conseguido coger ninguna pluma de paloma.

-¡Qué divertido es perseguir palomas, aunque se escapen siempre! -decían los vecinos.

Y así fue como los vecinos de Villatriste recuperaron la alegría. Porque a veces lo más sencillo y lo más inocente es lo que realmente nos hace sonreír.

LAS 3 HOJAS DE LA SERPIENTE

Hermanos Grimm

Había una vez un hombre tan pobre que apenas podía alimentar a su único hijo. Un día, el chico le dijo a su padre:
- Papá, soy una carga para ti. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.
Al padre le pareció bien y se despidió de su hijo, con mucha tristeza.
Por aquellos tiempos el Rey estaba en guerra con un imperio muy poderoso. El joven se alistó en su ejército y partió para la guerra. En su primera batalla vio caer a muchos, incluido su general. Viendo a sus compañeros vivos desanimados los alentó. Tanto les inspiró que ganaron la batalla. El Rey, agradecido, recompensó al chico con grandes tesoros y lo nombró el primero del reino.
El Rey tenía una hija muy bella, pero muy caprichosa. Solo quería casarse con aquel que, en caso de morir ella, jurase enterrarse vivo a su lado. Ella haría lo mismo en caso contrario. Esto ahuyentaba a todos los pretendientes. Pero el chico quedó tan prendado de su belleza que le pidió la mano al Rey.
Consintió el Rey y se celebró la boda. Los recién casados vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Y murió. Entonce su esposo recordó la promesa que había hecho. La idea de ser sepultado en vida junto a ella le horrorizaba, pero no había escapatoria. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil intentar escapar. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta.
Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Moriría de hambre cuando todo aquello se acabase. Dolorido y triste, comía cada día solo un pedacito de pan y bebía un sorbo de vino, aunque veía su final acercarse lentamente. Una vez, mirando la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó:
-¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!
Y la partió en tres pedazos. Después salió otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta. Pero después regresó, con tres hojas verdes en la boca. Cogió los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al desgraciado príncipe se le ocurrió que quizás podría también devolver la vida a las personas. Puso una en la boca de la difunta y otras dos en sus ojos.
Y funcionó. El esposo le dio un poco de pan y un poco de vino a la princesa y juntos empezaron a llamar a la puerta de la cripta para que les abriesen. Los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida.
El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:
- Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarías!
Sin embargo, se había producido un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, él quiso emprender un viaje por mar para ir a ver a su padre, y ambos embarcaron. Ya en la nave, olvidó ella el amor y fidelidad a su esposo y empezó a interesarse por el piloto del barco. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, entre los dos, lanzaron al esposo al mar.
- Regresemos ahora a casa- dijo la princesa-, diremos que murió en ruta. Yo te alabaré ante mi padre de tal manera que me casará contigo y te hará heredero del reino.

Pero el fiel criado vio lo que pasó y bajó al agua en un bote, cuidándose de no ser visto, a buscar a su señor. Lo sacó del agua, le aplicó las hojas en la boca y en los ojos y lo trajo de nuevo a la vida. Los dos se pusieron entonces a remar con todas sus fuerzas, de día y de noche, y con tal rapidez navegaron en su barquita, que llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Asombrado éste al verlos regresar solos, les preguntó qué les había sucedido. Al conocer la perversidad de su hija, el Rey decidió tomar cartas en el asuntó. Mandó a su yerno que se escondiera y salió en busca de su hija.
- ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
- ¡Ay, padre querido! -exclamó la princesa-, ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal.
Dijo el Rey:
- Voy a resucitar al difunto -y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres. Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón.
Pero el Rey dijo:
- No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te devolvió la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.

ABUELOS VS MARCIANOS

La humanidad se jugaba su futuro en un gran partido de fútbol. Era la última oportunidad que nos habían dado los marcianos antes de exterminarnos. Solo unos pocos equipos formados por los mejores jugadores de los mejores clubs del mundo se ofrecieron a salvarnos. Bueno, esos, y un equipo de abueletes, tan viejecitos y despistados que ni ellos mismos sabían cómo habían acabado apuntados en la lista. Y como suele pasar con estas cosas, fue el equipo que salió elegido en el sorteo.

De nada sirvieron las quejas de los gobernantes, las manifestaciones por todo el mundo o las amenazas. Los marcianos fueron tajantes: el sorteo fue justo, los abuelos jugarían el partido, y su única ventaja sería poder elegir dónde y cuándo.

Todos odiaban a aquellos abuelos viejos, despistados y entrometidos, y nadie quiso prepararlos ni entrenar con ellos. Solo sus nietos disculpaban su error y los seguían queriendo y acompañando, así que su único entrenamiento consistió en reunirse en corro con ellos para escuchar una y otra vez sus viejas historias y aventuras. Después de todo, aquellas historias les encantaban a los chicos, aunque les parecía imposible que fueran verdad viendo lo arrugados y débiles que estaban sus abuelos.

Solo cuando los marcianos vinieron a acordar el sitio y el lugar, el pequeño Pablo, el nieto de uno de ellos, tuvo una idea:

- Jugaremos en Maracaná. Mi abuelo siempre habla de ese estadio. Y lo haremos en 1960.

- ¿En 1960? ¡Pero eso fue hace más de 50 años! - replicaron los marcianos.

- ¿Vais a invadir la tierra y no tenéis máquinas del tiempo?

- ¡Claro que las tenemos! - dijeron ofendidos. Mañana mismo haremos el viaje en el tiempo y se jugará el partido - . Y todos podrán verlo por televisión.

Al día siguiente se reunieron los equipos en Maracaná. A la máquina del tiempo subieron los fuertes y poderosos marcianos, y un grupito de torpes ancianos. Pero según pasaban los años hacia atrás, los marcianos se hacían pequeños y débiles, volviéndose niños, mientras a los abuelos les crecía el pelo, perdían las arrugas, y se volvían jóvenes y fuertes. Ahora sí se les veía totalmente capaces de hacer todas las hazañas que contaban a sus nietos en sus historias de abueletes.

Por supuesto, aquellos abuelos sabios con sus antiguos y fuertes cuerpos dieron una gran exhibición y aplastaron al grupo de niños marcianos sin dificultad, entre los aplausos y vítores del público. Cuando volvieron al presente, recuperaron su aspecto arrugado, despistado y torpe, pero nadie se burló de ellos, ni los llamó viejos. En vez de eso los trataron como auténticos héroes. Y muchos se juntaban cada día para escuchar sus historias porque todos, hasta los más burlones, sabían que incluso el viejecito más arrugado había sido capaz de las mejores hazañas.

LAS ESTATUAS DEL BOSQUE

Hace mucho tiempo, existía un lugar mágico que guardaba grandes maravillas y tesoros del mundo. No era un lugar oculto, ni escondido, y cualquiera podía tratar de acceder y disfrutar sus delicias. Bastaba cumplir un requisito: ser una buena persona. Ni siquiera heroica o extraordinaria: sólo buena persona.

Allá fueron a buscar fortuna Alí y Benaisa, dos jóvenes amigos. Alí fue el primero en probar suerte, pues cada persona debía afrontar sus pruebas en solitario. Pronto se encontró en medio de un bello jardín, adornado por cientos de estatuas tan reales, que daba la sensación de que en cualquier momento podrían echar a andar. O a llorar, pues su gesto era más bien triste y melancólico. Pero Alí no quiso distraerse de su objetivo, y conteniendo sus ganas de seguir junto a las estatuas, siguió caminando hasta llegar a la entrada de un gran bosque. Esta estaba custodiada por dos estatuas de piedra gris muy distintas de las demás: una tenía el gesto enfadado, y la otra claramente alegre. Junto a la entrada se podía leer una inscripción: “La bondad de tu carácter deberás a las piedras contar”.

Así que Alí se estiró, aclaró la gargante y dijo en alta voz:

- Soy Alí. Una buena persona. A nadie he hecho ningún mal y nadie tiene queja de mí.

Tras un silencio eterno, la estatua de gesto alegre comenzó a cobrar vida, y bajándose de su pedestal, dijo amablemente:

- Excelente, tu bondad es perfecta para este sitio. Está lleno de estatuas como tú: ¡a nadie hacen mal, y nadie tiene queja de ellas!

Y en el mismo instante, Alí sintió cómo todo su cuerpo se paralizaba completamente. Ni siquiera los ojos podía mover. Pero seguía viendo, oyendo y sintiendo. Lo justo para comprender que se había convertido en una más de las estatuas que adornaban el jardín.

Poco después era Benaisa quien disfrutaba de las maravillas del jardín. Pero al contrario que a su amigo, la visión de aquellas estatuas, y sus ojos tristes e inmóviles, le conmovieron hasta el punto de acercarse a tocarlas una por una, acariciándolas, con la secreta esperanza de que estuvieras vivas. Al tocarlas, sintió el calor de la vida, y ya no pudo apartar de su cabeza la idea de que todas seguían vivas, presas de alguna horrible maldición. Se preguntaba por sus vidas, y por cómo habrían acabado allí, y corrió varias veces a la fuente para llevar un poco de agua con la que mojar sus labios. Y entonces vio a Alí, tan inmóvil y triste como los demás. Benaisa, olvidando para qué había ido allí, hizo cuanto pudo por liberar a su amigo, y a muchos otros, sin ningún éxito. Finalmente, vencido por el desánimo, se acercó a las estatuas que custodiaban la entrada al gran bosque. Leyó la inscripción, pero sin hacer caso de la misma, habló en voz alta:

- Otro día defenderé mis buenas obras. Pero hoy tengo un amigo atrapado por una maldición, y muchas otras personas junto a él, y quisiera pedir su ayuda para salvarlos...

Cuando terminó, la estatua de gesto enfadado cobró vida entre gruñidos y quejas. Y sin perder su aire enojado, dijo:

- ¡Qué mala suerte! Aquí tenemos alguien que no es una estatua. Habrá que dejarle pasar...¡y encima se llevará una de nuestras estatuas! ¿Cuál eliges?

Benaisa dirigió entonces la vista hacia su amigo, que al momento recuperó el movimiento y corrió a abrazarse con él. Mientras, los árboles del bosque se abrían para dejar ver un mundo de maravillas y felicidad.

Cuando un feliz Benaisa se disponía a cruzar la puerta, el propio Alí lo detuvo. Y echando la vista atrás, hacia todas las demás estatuas, Alí dijo decidio:

-Espera, Benaisa. No volveré a comportarme como una estatua nunca más. Hagamos algo por estas personas.

Y así, los dos amigos terminaron encontrando la forma de liberar de su encierro en vida a todas las estatuas del jardín, de las que surgieron cientos de personas ilusionadas por tener una segunda oportunidad para demostrar que nunca más serían como estatuas, y que en adelante dejarían de no hacer mal ni tener enemigos, para hacer mucho bien y saber rodearse de amigos.

LA JOVEN DEL BELLO ROSTRO

Había una vez una joven de origen humilde, pero increíblemente hermosa, famosa en toda la comarca por su belleza. Ella, conociendo bien cuánto la querían los jóvenes del reino, rechazaba a todos sus pretendientes, esperando la llegada de algún apuesto príncipe. Este no tardó en aparecer, y nada más verla, se enamoró perdidamente de ella y la colmó de halagos y regalos. La boda fue grandiosa, y todos comentaban que hacían una pareja perfecta.

Pero cuando el brillo de los regalos y las fiestas se fueron apagando, la joven princesa descubrió que su guapo marido no era tan maravilloso como ella esperaba: se comportaba como un tirano con su pueblo, alardeaba de su esposa como de un trofeo de caza y era egoísta y mezquino. Cuando comprobó que todo en su marido era una falsa apariencia, no dudó en decírselo a la cara, pero él le respondió de forma similar, recordándole que sólo la había elegido por su belleza, y que ella misma podía haber elegido a otros muchos antes que a él, de no haberse dajado llevar por su ambición y sus ganas de vivir en un palacio.

La princesa lloró durante días, comprendiendo la verdad de las palabras de su cruel marido. Y se acordaba de tantos jóvenes honrados y bondadosos a quienes había rechazado sólo por convertirse en una princesa. Dispuesta a enmendar su error, la princesa trató de huir de palacio, pero el príncipe no lo consintió, pues a todos hablaba de la extraordinaria belleza de su esposa, aumentando con ellos su fama de hombre excepcional. Tantos intentos hizo la princesa por escapar, que acabó encerrada y custodiada por guardias constantemente.

Uno de aquellos guardias sentía lástima por la princesa, y en sus encierros trataba de animarle y darle conversación, de forma que con el paso del tiempo se fueron haciendo buenos amigos. Tanta confianza llegaron a tener, que un día la princesa pidió a su guardián que la dejara escapar. Pero el soldado, que debía lealtad y obediencia a su rey, no accedió a la petición de la princesa. Sin embargo, le respondió diciendo:

- Si tanto queréis huir de aquí, yo sé la forma de hacerlo, pero requerirá de un gran sacrificio por vuestra parte.

Ella estuvo de acuerdo, confirmando que estaba dispuesta a cualquier cosa, y el soldado prosiguió:

- El príncipe sólo os quiere por vuestra belleza. Si os desfiguráis el rostro, os enviará lejos de palacio, para que nadie pueda veros, y borrará cualquier rastro de vuestra presencia. Él es así de ruin y miserable.

La princesa respondió diciendo:

- ¿Desfigurarme? ¿Y a dónde iré? ¿Que será de mí, si mi belleza es lo único que tengo? ¿Quién querrá saber nada de una mujer horriblemente fea e inútil como yo?
- Yo lo haré - respondió seguro el soldado, que de su trato diario con la princesa había terminado enamorándose de ella - Para mí sois aún más bella por dentro que por fuera.

Y entonces la princesa comprendió que también amaba a aquel sencillo y honrado soldado. Con lágrimas en los ojos, tomó la mano de su guardián, y empuñando juntos una daga, trazaron sobre su rostro dos largos y profundos cortes...

Cuando el príncipe contempló el rostro de su esposa, todo sucedió como el guardían había previsto. La hizo enviar tan lejos como pudo, y se inventó una trágica historia sobre la muerte de la princesa que le hizo aún más popular entre la gente.

Y así, desfigurada y libre, la joven del bello rostro pudo por fin ser feliz junto a aquel sencillo y leal soldado, el único que al verla no apartaba la mirada, pues a través de su rostro encontraba siempre el camino hacia su corazón.

LA HISTORIA DE ÍCARO

Luis era un niño muy imprudente. Cruzaba la calle sin mirar si venían coches, no tenía paciencia para comprobar si el pescado estaba libre de espinas ni se abrigaba lo suficiente los días de lluvia. Por eso, para darle una lección, un día su padre le contó la historia de Ícaro. Para que Luis entendiera lo importante que es ser prudente y hacer caso a los mayores cuando dan consejos a los niños. También para que entendiese el valor de la responsabilidad.

La de Ícaro es una historia de la mitología griega muy conocida. Era hijo de Dédalo, un gran inventor que vivió durante la época del imperio griego. Su obra más famosa era un retorcido laberinto que había construido para encerrar al Minotauro, una criatura mitad toro, mitad hombre. Lo malo es que Dédalo y su hijo Ícaro estaban retenidos por el rey en la isla de Creta. Querían salir de allí y regresar a su casa, pero, como el rey Minos controlaba tierra y mar, no podían escapar.
Un día, Dédalo observó el vuelo de un águila y se le ocurrió una idea. Pensó en construir unas alas y salir volando de la isla con Ícaro. Empezó entonces a crear unas enormes alas con plumas pegadas con cera. Al probárselas, comprobó muy contento que podía volar como los pájaros. Fue entonces cuando invitó a su hijo a que hiciera lo mismo. Antes le advirtió muy serio:
– Ícaro, vas a poder volar como las aves, pero no subas demasiado alto porque el calor del sol derretirá la cera y caerás al mar. Tampoco vueles demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las plumas y ya podrías volar.
– Sí, padre- le dijo Ícaro.
Dédalo colocó con mucho cuidado las alas a su hijo y luego se colocó las suyas. Los dos comenzaron juntos a volar, pero Ícaro no hizo caso a la advertencia de su padre y empezó a subir demasiado. El sol empezó entonces a derretir la cera de las plumas de las alas e Ícaro cayó al mar.
Cuando se dio cuenta, Dédalo miró abajo y vio las alas de su hijo flotando entre las olas. Se puso muy triste y se arrepintió de haber tratado de ser más listo que la naturaleza e intentar volar cuando eso era algo que solo podían hacer los pájaros. En honor a su hijo, llamó Icaria a la zona donde su Ícaro había caído.

Silvia García (Autora)