EL GATO

Era una noche fría, cuando cerca de la ventana de Luis maullaba un gato; el chico se levantó rápido y en silencio, no quería que sus padres lo escucharan porque planeaba meter al pobre animal en su habitación, y así lo hizo, después se las arregló para mantenerlo en secreto por varios días.

Pronto ganó confianza, y se movía tranquilamente por la casa cuando no había nadie; un par de días más, empezó a hacerle travesuras al padre de Luis, se escondía por los rincones, rasguñaba las puertas cuando estaba solo, y un día simplemente araño toda su ropa.

El señor entonces explotó al descubrir al animal, quería matarlo y fue detrás de él, Luis suplicaba por la vida del pobre gato, pero solo se ganó el encierro, cuando el señor estaba a punto de golpearle con un palo, los ojos del felino brillaron, tomó forma humana e hizo una pregunta: 

—¿Matarme una vez no te bastó?

El cuerpo del padre de Luis tembló tanto que ni siquiera pudo seguir sujetando el palo, había reconocido la voz perfectamente, pertenecía a un compañero de parranda, al que había propinado un golpe de muerte durante una pelea.

Apenas la figura salió de la sombra, pudo comprobarlo, era el mismo, pero en forma de espectro, por quien sabe que tratos truculentos, había logrado volver a este mundo para obtener su venganza, pero él no quería dañarlo, no físicamente, solo quería hacerle saber que estaba cerca, que miraba cada uno de sus movimientos, que habitaba su casa, y que se había convertido en el mejor amigo de su hijo.

Lo torturaría día tras día, robaría su sueño por las noches, hasta que simplemente no pudiera más…

Algunas personas dicen que después de la muerte se puede tomar el cuerpo de un animal para volver a este mundo, por eso me inquieta que a veces mi gato me mire de manera extraña y tenga comportamiento que parece tan humano… tal vez no sea ya mi gato, y se trate de algo más…

¿Qué tan seguro estas de que el tuyo sigue siendo el mismo?

 

 

LA CAJA

Cuando Paula abrió los ojos y recordó qué día era, ¡sonrió! Y cuando se irguió en la cama y se encontró con una enorme caja roja que descansaba junto a la puerta de su dormitorio, su reacción fue un veloz salto de alegría que la llevó a abrirla compulsivamente.

Esto había ocurrido cuando las primeras luces del día teñían el techo de su dormitorio de color anaranjado; ahora un sol apabullante se abrazaba a todas las paredes y la niña continuaba en su frenética tarea. Y es que la enorme caja resultaba imposible de abrir. Por mucho que Paula quitaba papeles y envoltorios, la caja seguía intacta, como si mágicamente debajo de cada empapelado hubiera otro. La enorme caja era como una inmensa cebolla imposible de pelar; una cebolla de pieles naranjas, azules, violetas, con barquitos, con muñecas, con frutitas.

El piso del dormitorio era una inmensa madeja de papel sobre el que flotaba la niña aferrada a la enorme caja, como se aferra un marinero al mástil de su barco a punto de naufragar. Paula tenía las manos cansadas. La primigenia ansiedad que la embargara al principio se había evaporado, transformándose en una obsesión rotunda por ver lo que había dentro.

A las tres de la tarde se quedó dormida sobre la caja que entonces lucía un empapelado de flores maravilloso. Cuando su madre entró en el dormitorio se acercó a su niña y la acostó delicadamente en la cama. Pero, cuando volvió al cabo de unas horas, su pequeña estaba nuevamente sumida en la exacta tarea. Su madre se le acercó para entregarle un pequeño obsequio que había comprado especialmente para ella, pero Paula no podía pensar en nada. Ya no le importaba que ese día cumpliera diez años, sólo quería saber qué había dentro de esa caja.

Con el correr de los días la obsesión de la niña creció a tal punto que incluso sus padres se vieron cautivos de ella. Lo más llamativo de todo es que nadie sabía quién había puesto la caja en ese lugar pero ninguno se atrevía a eliminarla. Decidieron hacer turnos para repartirse la sistemática tarea de quitar el papel de regalo que la cubría y averiguar entre todos el misterio de la caja.

Al cabo de una semana ocurrió un verdadero desastre: la casa ardía bajo un fuego amenazador que nadie pudo prever: la niña porque continuaba desempapelando y sus padres por hallarse muy dormidos recobrando fuerzas para retomar el trabajo. De la enorme casa sólo quedaron cenizas plastificadas y…

Una enorme caja intacta y vanidosa.

LA PESADILLA

Hacía días que la veía inquieta… Iba y venía del instituto sin apenas hablar y en las noches, cuando no se sumía  en un sueño febril y sudoroso, se desaparecía hasta altas horas de la noche sin dar ninguna explicación; solo murmurando que eran cosas del trabajo...

Una tarde vino desacostumbradamente temprano y a pesar que se le notaba bastante cansada, dijo que debía regresar al trabajo….Así que tomó un baño y se preparó para salir…Yo la observaba en silencio, mientras ella afanosa se calzaba unas llamativas medias de encaje negro y unos regios tacones rojos…Lo que me parecieron prendas inapropiadas para ir a trabajar y se lo dije, a lo que ella contestó que se trataba de un pequeño experimento del laboratorio y que no me preocupara...Pero la verdad era que sí estaba preocupado.…Desde hacía  unas semanas, Ofelia no era la misma de antes… Ahora siempre estaba inquieta como si algo la angustiara o alguien la persiguiera, y a veces entre sueños balbuceaba frases ininteligibles….Ahora bien, había también la cuestión de los malditos celos, que siempre me aguijoneaban la piel hasta volverme loco.. Así que debía tratar de tomar las cosas con calma…Pero esa noche en especial, sentía que si no me cercioraba de su salida, iba a morir de rabia y dolor...Así que finalmente decidí  desentrañar el misterio y averiguar a donde iba...Para esto me  armé de paciencia, y cuando la vi cruzar el umbral de la puerta la seguí  sigilosamente hasta  la entrada del edificio, donde  la vi subir a un taxi …Decidido a averiguar qué estaba pasando, me trepé a mi viejo Mustang y fui tras ella…La seguí a través de calles y avenidas interminables,  hasta la parte más populosa  y deslucida de la ciudad... Allí, ella bajó en una callecita estrecha y maloliente, justo en la entrada a un barcito que ostentaba un luminoso y exagerado cartel luminoso….La vi entrar en él y acercarse a la mesa de un hombrecito jorobado y desagradable, con quien se puso a charlar animadamete mientras disfrutaba de una burbujeante bebida…Luego de un largo rato, los dos salieron en dirección a un callejoncito adyacente, que culminaba en un improvisado altillo…Allí, subieron por unos enclenques escalones y se perdieron tras una puerta acartonada…Sintiendo que el corazón me latía más fuerte que nunca, y ya enloquecido por los celos subí tras ellos…Al entreabrir la puerta vi al deforme hombre mirar embobado a mi  mujer , mientras ella distraida fumaba un cigarrillo.. .

Ya sin pensarlo dos veces, y llevado por esa furia de celos que me quemaba las entrañas y  me transformaba en un monstruo casi desconocido para mí; en un salvaje sin entendimiento ni lógica, entré precipitadamente en la estancia y con un gruñido casi gutural me abalancé sobre mi esposa, clavandole en el pecho la cuchilla que siempre llevaba conmigo… Como en una secuencia de cámara lenta, y ante la mirada atónita del desconocido, vi como su cuerpo caía inerte al piso manchándolo todo de sangre..

Fue entonces que reaccioné, y de nuevo en mis cabales, me sentí horrorizado por mi brutal  acción..Y ya en un estado casi catatónico me alejé de allí y ya no supe más de mí…

No sé cuántas horas dormí después, ni cómo llegué a mi cama, pero cuando desperté sentí un terrible dolor en la cabeza y una sensación de vacío en el estómago.. De pronto y para mi desconcierto me topé con el cuerpo de Ofelia, enredado entre las sábanas y con su recién estrenado baby doll de encaje negro… Recuerdo que en ese instante el alma me vino al cuerpo y tuve un segundo de claridad. Todo había sido solo un mal sueño, producto de mis endemoniados celos. Pero luego, cuando arrepentido quise besar los labios de Ofelia, me di cuenta que estaba toda empapada de sangre... Y mientras trataba de reanimarla pude ver el mango de mi cuchilla clavado en su pecho...

EL ENCIERRO

No sabíamos cuánto tiempo más tardarían en venir a abrirnos la puerta. Cada mañana pasaba un vigilante por las habitaciones de toda el refugio y con gritos agrios nos sacaba de nuestro sueño y del calor de las sábanas que era lo único cálido en aquel internado obligatorio. Entonces, todos los internos nos despedíamos de la paz y la tranquilidad para embarcarnos en un día lleno de obligaciones y de responsabilidades: éramos los engranajes fundamentales de aquel sistema, eso creíamos.

Ese miércoles el vigilante no había aparecido como de costumbre. Ya se había pasado la hora de levantarse, incluso la del desayuno, y nosotros continuábamos en nuestros dormitorios. Los internos más inquietos se habían levantado y daban vueltas por el pequeño recinto, ansiando que llegara el vigilante para correr hacia el comedor y zamparse el desayuno que siempre era brevísimo, como todas las comidas del refugio. El resto, los que como yo apreciaban el sabor del sueño y de las sábanas, aprovechaban para quedarse en esa nube cálida y esponjosa.

Pasaban las horas, continuábamos allí. Ya todos de pie, vestidos, mirábamos fijamente la puerta. La hora del almuerzo había pasado y nuestros estómagos chillaban de forma descomunal. Comenzamos a gritar, pidiendo ayuda de forma desesperada. Nadie vino a socorrernos.

Pasamos así todo un día. Cuando llegó la noche, volvimos a acostarnos, confundidos y muertos de hambre. No creo que ninguno haya pegado ojo esa noche. A la mañana siguiente el vigilante pasó por cada habitación a la hora de siempre y abrió las puertas; cuando le preguntamos qué había ocurrido nos trató como si estuviéramos desvariando.

La vida afuera seguía tal cual la habíamos dejado; nadie nos había echado de menos ni se había preocupado porque pasáramos todo un día sin dar señales de vida. Entonces fui consciente de lo poco que valemos las personas cuando somos contenidas o refugiadas en instituciones.

Al cabo de algunos días, convencidos de que nadie nos daría una respuesta certera y de que cada vez nos miraban de forma más extraña, decidimos dejar de cuestionar lo acontecido ese día; y aunque nunca nos explicamos qué fue lo que en verdad ocurrió, continuamos con nuestras vidas como si aquel miércoles no hubiera existido.

LA PALABRA SALVAJE

Érase una vez un reino que sufría el ataque continuo de ogros, brujas y dragones. Solo podían defenderse con la valentía de sus soldados, pues desde la muerte del gran mago, nadie había sido capaz de leer los hechizos del libro mágico. Estos eran muy poderosos, pero tan peligrosos, que un pequeño error en su pronunciación podría ser terrible. Por eso el mago antes de morir protegió el libro con la más difícil de las palabras salvajes, que son aquellas que nunca antes han sido bien leídas. Esperaba así encontrar un digno sucesor, alguien capaz de utilizar la magia sin hacer daño.

Por eso desde pequeños todos los niños de aquel reino podían elegir entre prepararse para ser soldados o magos. Pero mientras el entrenamiento de los soldados estaba lleno de ejercicio y aventuras desde el primer día, el de los magos obligaba a estudiar y leer durante mucho tiempo antes de enfrentarse al gran libro y su palabra salvaje. Y de los pocos que terminaron su preparación, ninguno consiguió leer y comprender correctamente aquella misteriosa palabra.

Marko era uno de los niños que debería elegir ese año. Como la mayoría, solo pensaba en ser soldado. Pero justo un día antes a su decisión el reino sufrió un terrible ataque y pudo ver cómo el enemigo derrotaba con facilidad incluso a los soldados más fuertes y valientes. A pesar de que cada vez había más y mejores soldados, nunca habían estado tan cerca de perder la guerra. Hacía falta un gran cambio, y Marko comenzó por él mismo: se prepararía para ser mago. El primero en intentarlo en años.

Tal y como esperaba, el comienzo fue difícil. Aprender letras que no significaban nada. Luego juntarlas sin ver ningún resultado. Después crear las primeras palabras, tan fáciles de decir que las sabría hasta un bebé, pero mucho más difíciles de leer. Hasta que finalmente, cuando comenzaba a desanimarse, empezó a comprender frases y palabras, y pudo leer sus primeros libros, y consiguió el acceso a la gran biblioteca.

Allí encontró muchos libros que ya no eran cosa de bebés. Hablaban de cosas más bonitas y sorprendentes, de las que nada sabían los niños de su edad que se preparaban para las batallas. Y hablaban también de batallas, de las que Marko leyó tanto que se convirtió en un experto. En aquellos libros aprendía tantas cosas, que no paraba de leerlos uno tras otro. Y Marko, siendo apenas un niño, empezó a darse cuenta de que esos libros le estaban convirtiendo en uno de los mayores sabios del reino. Pronto comprendió que nadie había sustituido al gran mago porque estaban tan ocupados aprendiendo a luchar que apenas dedicaban tiempo para aprender a leer correctamente. Y pensó que había llegado el momento de enfrentarse a la palabra salvaje.

Hacía años que nadie lo intentaba y todos acudieron emocionados a la gran plaza. Marko abrió el libro y por fin vio la palabra:

“Hiktrikostakuntijagoni“.

Marko reconoció la palabra inmediatamente y sonrió de oreja a oreja ¡Qué fácil! ¡Y qué listo había sido el mago! Aquella palabra no significaba nada por sí misma. Solo era el título de uno de los libros más raros y escondidos que había en la biblioteca, uno que le había encantado a Marko. Un libro lleno de palabras raras que explicaba las mejores técnicas de lucha contra ogros, brujas y dragones, con sus puntos débiles y todo lo necesario para derrotarlos fácilmente. Marko corrió a buscarlo a la biblioteca y descubrió un mensaje oculto en su última página:

“Yo, el Gran Mago, te nombro a ti, seas quien seas, mi sucesor. Y comparto contigo el mayor de mis secretos: nunca fui mago. Todo el poder que tuve vino de lo que aprendí en estos libros, como lo has hecho tú. Este libro solo completa ese poder ayudándote a parecer mágico, pues los brutos soldados no seguirían a un simple sabio, pero sí a un poderoso mago.”

Marko comprendió entonces para qué servían todas aquellas palabras raras. No eran más que falsos hechizos, un simple truco para conseguir un líder sabio.

Y fue así como Marko, el mago que nunca fue mago, llegó a dirigir a los soldados del reino hacia la victoria, y a vivir mil y una aventuras gracias a la sabiduría que descubrió en los olvidados libros de una biblioteca.

LA CRIATURA DEL DESVÁN

El primer día que se supo de la criatura del desván, fue cuando un niño tuvo que subir para buscar un libro. En medio de la oscuridad más absoluta, distinguió dos ojos, cuya mirada sentía como se clavaba en todo su ser. Esos ojos enormes, a casi un metro de distancia, daban la impresión de que su dueño era un ser enorme y horripilante. El niño, soltó un grito ensordecedor, echó la llave y dejo a esa horrible criatura encerrada en el desván.

Conforme pasaron los días, las historias sobre este misterioso ser, cuyos gritos y ruidos continuaban escuchándose en el desván, iban siendo cada vez más crueles. Nadie estaba lo suficientemente loco como para enfrentarse a él.

Por suerte para el pueblo, había un pescador de Noruega, cuyo barco había tenido la mala suerte de naufraga. Por su aspecto, muchos veían en el pescador al perfecto candidato para enfrentarse al monstruo.

Así que por unas monedas el pescador se acercó al desván, muy decidido, hasta que al escuchar a la bestia volvió a bajar para pedir una cantidad más importante de dinero, herramientas, una red y un carro, para cargar al monstruo.
Todo el mundo estuvo de acuerdo, lo último que se supo del marinero, es que desapareció en el desván y que tras una sucesión de gritos jamás volvieron a saber del monstruo.

¿Qué se escondía en el desván? Uno de los timoneles del barco, el cual acordó con el marinero toda esta farsa para obtener el dinero para comprar un nuevo barco.

Escrito por Lucky