En la mitología griega, las sirenas eran bellísimas ninfas con busto de mujer y cuerpo de ave, aunque a veces eran representadas con cuerpo de pez; solían sentarse sobre las rocas de una isla del Mediterráneo, probablemente Capri, desde donde atraían a los marineros con la dulzura de su canto, de modo que llevaban los barcos a estrellarse en sus acantilados. Después, las crueles sirenas devoraban a los incautos que se habían dejado seducir. 

En la Odisea se cuenta que Ulises tapó con cera sus oídos y los de sus marineros, y se hizo amarrar por sus hombres a un mástil para no ser atraído, pero al pasar cerca de las sirenas llegó a oír su canto y ordenó que lo liberasen para ir hacia ellas, pero los marineros se lo impidieron, y el barco pudo alejarse indemne. Según algunas versiones del mito, las sirenas se suicidaron tras ese fracaso. 

Los Argonautas, en su viaje en busca del vellocino de oro, pasaron por un peligro semejante, pero Orfeo entonó un cántico tan melodioso que los marineros no se sintieron atraídos por el de las sirenas.  El nombre griego de las sirenas era seiren, que pasó al latín clásico como siren, sirenis y al latín tardío como sirena, palabra que en el siglo XV fue recogida por el castellano, inicialmente como serena. Esta forma se extendió bastante por la península ibérica y llegó al gallego como serea y al portugués como sereia, forma que se mantiene hasta hoy en Asturias, pero poco a poco se fue imponiendo sirena, considerada más culta por provenir del latín clásico. 

El nombre histeria se hizo popular a raíz de las manifestaciones enloquecidas de las miles de fans que llegaron a recibir al grupo The Beatles, cuando estos visitaron por primera vez los Estados Unidos, en 1964. Fue, a decir de los periódicos de esa época, una “histeria colectiva”.

El concepto histeria es el nombre una enfermedad psíquica y durante  siglos hasta fines del siglo XIX, estaba considerada como una dolencia propia de las mujeres, puesto que se creía que era causada por problemas en el útero, palabra proveniente del griego hystera y esta, a su vez, del sánscrito udáran “abdomen”. 
Fueron los trabajos del profesor Jean-Martin Charcot y, sobre todo, de su discípulo en el hospital parisino de la Salpetrière, Sigmund Freud (1856-1939), los que permitieron develar el misterio de la histeria, mostrándola como una enfermedad causada por conflictos en la vida psíquica inconsciente, tanto en hombres como en mujeres. 
A partir de su “Estudios sobre la histeria”que publicó junto con Josef Breuer en 1895, Freud desarrolló una compleja teoría sobre el funcionamiento de la mente y de la afectividad del ser humano, basada en sus investigaciones sobre una vida psíquica inconsciente, hasta entonces poco conocida, y en la influencia de esta actividad inconsciente sobre el comportamiento y los afectos. 
La voz histeria llegó al español a través del francés hystérie, con origen en el mencionado hystera más el sufijo -ia, usado en español en los nombres de algunas enfermedades.

¿Se ha preguntado alguna vez de donde proviene la palabra prostituta? Deriva de “pro statuere”, es decir, estar colocado delante o, sencillamente, “mostrarse”. Una práctica que estas mujeres realizaban tanto en los lupanares como en los diferentes escenarios donde ofrecieran sus servicios, de ahí que existieran diferentes tipos de prostitutas y prostitutos.

Ser prostituta o prostituto no era ni es algo que nadie elegía o prefiere ni de lo que se disfruta, hemos de aclararlo. Igual que ahora, en la antigüedad las meretrices eran explotadas, la mayoría eran esclavas sometidas a estas prácticas y a quienes se les compraba para dicho fin.  La palabra meretriz proviene del latín “meretrix”, asociado al verbo meritum que significa “ganar, merecer o cobrar”. Por extensión, “la que cobra para ganarse la vida”.

Más adelante, en la evolución de esta profesión, surge el término cortesana, que es una prostituta asociada con hombres ricos y con aristócratas, o una mujer amancebada. La definición no es exacta. Eran mujeres destinadas a ser favoritas por su belleza e inteligencia.

Como para entretener a un hombre no bastaba con ser linda, y para retenerlo se necesitaba más que voluptuosidad, desarrollaron habilidades y talentos que las distinguieron de sus congéneres. Eran, de alguna manera, damas de compañía que no solo brindaban sexo, sino conversaciones amenas e interesantes.

La palabra ménière proviene de un apellido y designa hoy a una rara enfermedad que impide a la persona mantenerse de pie. Fue descrita por primera vez precisamente por Próspero Ménière en 1861, asociando, en una paciente que presentaba un síndrome vertiginoso, una patología del oído interno; si bien es discutible la presencia de una hidropesía en esa paciente, su original idea se tradujo a muchos idiomas, y sus seguidores durante los 30 años siguientes la difundieron por el mundo. Se definió a partir de lo anterior la sintomatología clínica que hasta hoy ayuda en forma importante para realizar el diagnóstico de enfermedad de Ménière. Este está basado en la triada clásica de hipoacusia fluctuante, tinnitus y vértigo recurrente, recalcando que la causa de la enfermedad se encontraba en el oído interno1. A pesar de que han pasado 141 años, y la tecnología y los conocimientos actuales ayudan a un diagnóstico más preciso, aún existe la gran interrogante respecto a su etiología, y su fisiopatología es aún discutida. En 1968 se precisan los términos de enfermedad de Ménière, diferenciándose el síndrome como el conjunto de síntomas sin etiología conocida, y la enfermedad cuando encontramos la posible causa de ellos.

Detrás de la palabra “tóxico”, siguiendo su línea etimológica llegamos al significado de "flecha envenenada", que tiene su origen en el griego toxon “arco”. Esta denotación permaneció en el cultismo inglés toxophily, que designa a la arquería, el arte de los arqueros, sin referencia alguna a veneno.
De toxon se derivó, aún en griego, el adjetivo toxikós referente a arcos y flechas, que más tarde daría lugar a toxikón, veneno para poner en las flechas y al latín toxicum que significa veneno. 
La palabra se introdujo al castellano como tósigo, forma hoy considerada arcaica, bajo la cual aparece en el Tesoro de la lengua castellana, de Covarrubias. La forma actual, tóxico, se consideró culta durante largo tiempo. Utilizada por fray Luis de León y por santa Teresa de Ávila, y consagrada a fines del siglo XIX como término médico, solo se incorporó al diccionario académico en la edición de 1925. 
Sin embargo, en la última edición del diccionario de la Academia, tósigo sigue figurando sin marca alguna, como voz corriente del español actual y sinónimo de ponzoña o veneno.

La palabra tóxico tiene también una interpretación psicológica, referida a las personas que, por sus rabietas, envidias o rencores son dañinas a nuestro espíritu. De ahí que se habla de relaciones tóxicas a aquellas que terminan desquebrajándose y hasta en tragedia.

¿MANDE?

Hasta hace unas cuantas décadas decir “¿qué?” en lugar de “¿mande?” era considerado  falta de respeto. Nadie sabe a ciencia cierta cómo es que esta forma fática sobrevivió desde la época colonial. Sin embargo, muchos abogan para que esta palabra se elimine del vocabulario de las nuevas generaciones, pero ¿hay razones lingüísticas para hacerlo?

La palabra es la forma imperativa del verbo “mandar”, y ésta viene del latín mandare, que significaba para los romanos ordenar un encargo; se compone, a su vez, de otras dos palabras latinas: manus, o mano, y dare, o dar. En la tradición romana, los encargos o “mandados” eran objetos que se daban para entregarse a alguien más o, incluso, para que los retuviera hasta nuevo aviso.

En la época colonial, no obstante, el uso se modificó. Los mandados eran órdenes que daban las castas superiores (los peninsulares y criollos) al resto de la población. Llamar a alguien por su nombre siempre es símbolo de igualdad entre dos conversadores; incluso hoy sólo llamamos por su nombre de pila a quienes ya les tenemos suficiente confianza, mientras  que al resto solemos llamarles por “señor, a”, “don”, “doña”, por su apellido o, incluso, por su grado académico.

Así, la palabra “mande” que usamos es la reducción de la frase “mande usted” o, bien, “mándeme usted”. No es muy difícil saber que las clases bajas que trabajaban, o  incluso eran esclavos, para dirigirse a los peninsulares y criollos tenían que usar aquellas frases si no querían ser castigados, pues no sólo eran expresiones de respeto, sino de sumisión.

 

Sin embargo, los cambios sociales y políticos de las colonias españolas que los llevaron a independizarse hicieron que el significado también cambiara, aunque parcialmente. En un principio se quedó como una forma fática; es decir, sirve para abrir el canal de comunicación o para mantenerlo entre dos o más conversadores, otras palabras de este estilo serían “¿qué pasó?”, “¿dime?” o “¿sí?”.

¿Entonces por qué no dejamos atrás una palabra como “mande” y nos decidimos por las anteriores? Se debe a que, aunque su historia sea escabrosa, sufrió un segundo cambio por restricción; es decir, de todas las ideas que encerraba el concepto de “mandar”, los usuarios del español eliminaron los que ya no respondían a su contexto. Así que pasó de una forma servil a una forma de cortesía o respeto.

Sí, es cierto, en teoría la palabra no funciona más que para demostrar una relación de respeto entre dos hablantes, pero no por eso la comunicación en América significa que sea servil. Las palabras de cortesía abundan en nuestro vocabulario y los mejores ejemplos serían “por favor” y “gracias”, que también tienen una historia similar. “Por favor” de la palabra latina para una ayuda o benevolencia; así como “gracias” que era una honra o alabanza. También los romanos tenían esta relación de poder que con el tiempo fueron se constituyeron como simples gentilezas.

Por otro lado, las palabras todo el tiempo están cambiando y no porque en su pasado contaban con acepciones negativas, quiere decir que las conserven. Incluso, ha pasado de manera inversa, como “violar” que todavía en el siglo XIX significaba “gozar por fuerza a una doncella”; sí, una violación sólo era llamada como tal cuando el hombre “gozaba” a una mujer virgen.

Censurar un uso sólo por su historia es desconocer que la lengua no es estática y que siempre se acomoda a las necesidades de la sociedad que la habla. De igual modo, es negar la riqueza del español, pero si te sigue causando problemas, por supuesto que podrás usar el simple y llano “¿qué?”.

Por Tonatiuh Higareda

Aracnofobia

Las fobias representan un tipo de trastorno de ansiedad, en el que la persona que lo padece puede sentirse extremadamente ansiosa o llegar incluso a tener un ataque de pánico en la situación en la que se presenta su objeto de miedo. El 33% de las personas que sufre un temor intenso e irracional lo tiene hacia las arañas. Es sin duda la fobia más frecuente entre los seres humanos y teniendo en cuenta que 1 de cada 23 personas en el mundo sufre de alguna fobia, las cifras son bastante llamativas. Además, según los datos del National Institutes of Health, las mujeres son cuatro veces más propensas a temer a los arácnidos que los hombres.

Acrofobia

Las fobias comienzan a desarrollarse a los 13 años de media y muchas personas sufren de ellas sin saberlo. La acrofobia o miedo a las alturas es otra de las fobias que más se repiten. Ocupa el puesto nº 8 de las 10 más comunes. Asomarse a un balcón o a una ventana con una altura considerable, a pesar de que no exista peligro alguno, los pone en alerta, inundándoles a muchos la sensación de vértigo al instante.

Astrafobia 

La astrafobia también conocida como brontofobia es tener miedo a los rayos o a las tormentas eléctricas. Este particular trastorno hace que las noches de tormenta se conviertan en una auténtica pesadilla. Si nos preguntamos si es una fobia habitual, lo es y suele nacer en la infancia. Ocupa el puesto nº 3 entre las más ordinarias con un 21% de incidencia mundial. Otras fobias menos frecuentes pero bastante peculiares son: la eritrifobia (miedo al color rojo), la catagelofobia (miedo al ridículo), la patofobia (miedo a la enfermedad) o la tafofobia (miedo a ser enterrado vivo por error y despertar en un ataúd bajo tierra).

Aerofobia

Según los registros médicos, existen más de 500 fobias descritas pero ya sabemos que puede haber tantas fobias como individuos. El miedo a volar en un avión o en cualquier vehículo que levante los “pies” del suelo representa la fobia nº 7 de las 10 más comunes en todo el mundo. Este miedo provoca problemas de ansiedad y nerviosismo que les impiden viajar.

Agorafobia

Tener miedo a los lugares abiertos ocupa el puesto nº 10 en la lista de las fobias más comunes. Si el miedo a los espacios cerrados es de las fobias más habituales, su contrario, el miedo a los espacios abiertos también ocupa un lugar destacado. Los agorafóbicos sienten que a pesar de estar inmersos en un lugar lleno de gente no podrían ser vistos o recibir ayuda en caso de una situación de peligro. Todo ello provoca nerviosismo, ansiedad, dificultad a la hora de respirar..., según afirma la American Psychiatric Association.

Cinofobia

A la mayoría nos parecen adorables, pero existe un grupo de población que es incapaz de ver... a los perros. La cinofobia es un miedo incontrolable y enfermizo a los perros. Un miedo que paraliza y que provoca ataques de pánico para los que lo sufren. Representa el puesto nº 9 entre las fobias más frecuentes. Desde pequeños cachorros a enormes pastores alemanes o san Bernardos, la fobia al mejor amigo del hombre puede ser resultado de haber sufrido un mordisco de un can o incluso haber visto cómo mordían a alguien, según un estudio del experto en psicología Brad Schmidt de la Universidad Estatal de Ohio (EE.UU.).

Tripanofobia

La palabra fobia procede del griego antiguo “Fobos”, quien era hijo de Ares y Afrodita en la mitología griega y que representaba la personificación del miedo. En este caso, la tripanofobia es un miedo irracional a las inyecciones. El 15% de las personas que padece alguna fobia lo es a las agujas y es por ello la 4ª fobia más frecuente en el mundo aunque existen tantas fobias como personas, ya que puede desarrollarse fobia a cualquier cosa.

Claustrofobia

Las mujeres son dos veces más propensas a sufrir fobias que los hombres, según datos del NHS (National Institutes of Health). La claustrofobia o miedo a los espacios cerrados comparte el puesto nº 4 como la fobia más reiterada en los seres humanos. Las personas que padecen claustrofobia son incapaces de subir a un ascensor, un vagón de metro, entrar en una cueva o incluso un túnel. La claustrofobia se confunde a veces con la cleitrofobia que es el miedo a quedarse encerrado.

Dentofobia

La dentofobia o miedo al dentista es más frecuente de lo que nos podríamos imaginar. Ocupa el puesto nº 6 entre las fobias más comunes en la sociedad y es el motivo por el que muchas personas evita la visita al dentista. ¿Qué situaciones pueden provocar que surja la dentofobia? Una mala experiencia en el pasado suele ser el origen de este miedo enfermizo.

Herpetofobia

Si en cierto modo era bastante sencillo de adivinar que el miedo a las arañas iba a representar la fobia más común en todo el mundo, la segunda en provocar pánico también pertenece al mundo animal. La herpetofobia o miedo a las serpientes ocupa la 2º posición en es top de fobias más frecuentes. Si unimos la fobia a las arañas, a los pájaros y los insectos, estas fobias animales representan el 50% de todas las existentes.